Día 1: Dar el 110%

Siempre he sido ambiciosa. Desde que tengo memoria quería ser la mejor en todo: colegio, danza, hija, empleada. Lo daba todo. Sí, TODO. Lo que yo creía que era una cualidad, era quizás más un reflejo de la inseguridad que sentía. Cómo se suponía que llegaría a ser «exitosa» sin darlo todo. No pain no gain, Just do it, everyday I’m hustling. Blah… hasta las canciones de moda lo dicen, ¿no?. Para mí, darlo todo era la forma de hacerle frente a la mediocridad. Porque mi vida funcionaba en blancos y negros, nunca grises. Pero ese tema lo tocaremos más adelante.

En la escuela decían que era una «matada». Y para mí eso siempre fue un halago y un orgullo.

Años después como profesionista, me gustaba presumir en entrevistas de trabajo que soy de las personas que dan el 110%. Y parecía tener mucho éxito, el sueño de cualquier empresa (o eso creía yo). Y ¿cómo no me iban a amar? Por un lado, no me atrevo ni a negociarte mi sueldo porque me da miedo y tengo que «probarte mi valor» antes, pero te prometo que le voy a dedicar toda mi energía (y más!) a tu empresa. Espectacular.

Siempre fui de las que llegaba temprano y se iba tarde. La de los resultados, la heroica, desvelada y confiable «problem solver». La perfeccionista, la «hustler«. Aún de regreso en mi casa por las noches no dejaba de pensar en cómo seguir resolviendo problemas de mi emprendimiento o de la empresa en la que trabajara, con una intensidad, pasión y sentido de urgencia equivalentes a quien tiene como tarea salvar el mundo.

Trabajando algunos años en uno de los famosos unicornios tech, en una empresa donde el sentido de «urgencia» era pan de todos los días, la mayoría nos matábamos trabajando 16-17 horas diarias. Tenía un equipo a mi cargo y me sentía indestructible, y un día una de mis reports me dio una enorme lección. Esta persona se daba el «lujo» de irse de la oficina todos los días a las 6:30 o 7 pm. A todos nos parecía casi un insulto, saber que quedaba «tanto» por hacer y resolver, y esta persona tan tranquila como siempre, recogía sus cosas, se despedía con una sonrisa y se iba. Era mi report, y como manager yo me sentía responsable. Pero tampoco puedes forzar a alguien a quedarse más tarde. ¿O si?

Un día le pedí que nos tomáramos un café y le pregunté por qué se iba todos los días más temprano que los demás (¡más temprano que yo!). ¿Había un pariente enfermo que cuidar? ¿alguna «emergencia»? No. Su respuesta fue de los más natural: «Amo mi trabajo. Pero me voy porque me deprimiría salir de este edificio todos los días sin ver el sol». No lo entendí y la verdad me enojó. Pero lo cierto era que esta persona estaba haciendo y solucionando lo que le tocaba y no dañaba a la empresa. Le dí otra oportunidad.

Años después un jefe me dijo «Sandy, no quiero que des el 110%. Si aquí das el 110%, ¿a qué hora duermes, comes , haces ejercicio o disfrutas de la vida? Y en términos profesionales, alguien que da el 110%, nunca tendrá espacio libre para dar un «extra» cuando se requiera. Eso no nos sirve aquí». Fue un shock. Darme cuenta de que mi mayor «asset», que era ser heroicamente esforzada, a este jefe le pareciera inútil.

Este mismo jefe no tuvo otro remedio que forzarme a hacer un experimento: iba a darle a mi trabajo solo el 80% (pese a que según mi jefe 80% seguía en los rangos del workaholic, pero se conformaba si empezaba por dedicar ese 20% a mi salud o vida personal). Esto requirió forzarme a salir de la oficina de mi glamuroso y «challenging» trabajo todos los días ni un minuto después de las 7 pm (y por lo tanto ignorar las miradas de sorpresa, confusión y probable envidia de mis compañeros). Mi jefe me dio ese voto de confianza, y mientras yo diera resultados a él no le importaba si me iba a la hora que me diera la gana.

El primer día que bajé del piso 27 del edificio donde trabajaba, a las 6:45 pm, salí por la puerta principal y me di cuenta de una cosa: Aún era de día. El sol tocaba mi cara y yo era «libre». Fue ahí que entendí lo que mi report quiso decir aquella vez. Era maravilloso, el tiempo que quedaba era solo para mí y todavía había sol.

Los más sorpresivo es que los meses que siguieron a eso, fueron probablemente los más eficientes y exitosos de mi tiempo en esa empresa. Me promovieron, y me fui dando cuenta de que la gente a la que le iba a mejor eran personas que como yo, lograban tener un poco de balance en su vida. Quienes no daban el 110%. Al porcentaje que le dedicaban a la empresa le metían todo el amor, la pasión y ganas que tenían. Para después cerrar su computadora e ir a vivir una vida. Su vida. Y teniendo aún espacio disponible para dar un «extra» solo cuando este se requería. Era gente feliz, eficiente y disciplinada. Nada más.

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