Día 3: ¿Cómo se siente el Burn out?

Me desperté un día en mi cama, dándome cuenta de que esto no podía seguir así. Me dolía todo el cuerpo. Sentía una fatiga… como si mi cuerpo hubiera decidido que ese día no me levantaría. No había nada que yo pudiera hacer. Tuve que escribir a mi jefe un mensaje diciendo que ese día no iría porque estaba enferma. Me respondió que no había problema, que me mejore, y me preguntó qué tenía. La respuesta era «no sé». No tenía idea de qué estaba pasando, mi cuerpo colapsó.

Me quedé algunas horas viendo el techo con el cerebro medio entumido. Llevaba días cansada, meses tal vez. Tenía 31 años y mi primer sospecha fue «ah! así deben ser los 30. Simplemente uno está más cansado». La idea de salir con amigas, de hablar por teléfono, de ir a una cena, de leer una novela, … lo que sea. Qué cansancio. Veía a gente de mi edad haciendo esas cosas y no entendía. ¿Cómo podían? Entonces tuve otra teoría: seguro estoy deprimida. Esto es depresión clínica. Fui con un psicólogo, quien me ayudó a revisar algunos temas de mi vida pero que me aseguró que lo mío no era depresión. Agh. ¿Entonces?

Mi cuerpo se dio cuenta de que yo no estaba entendiendo el mensaje. Así que, como siempre, decidió hablar. Me salieron varias ronchitas en el cuerpo y se me inflamaron varios ganglios. Uno de ellos en la barbilla, cosa que muy a pesar no pude ignorar, más por vanidad que por salud. Así iba por la vida, con erupciones en la piel, ganglios inflamados (más problemas estomacales, ocasional fiebre y dolores en la espalda, pero esos ya eran «normales»). No era la primera vez que mi cuerpo me trataba de dar mensajes. Ni la primera que decidí ignorarlo.

Lo escribo y suena ridículo. Pero es como un mal silencioso que poco a poco te va convenciendo de que esa es tu «normalidad» y el precio del éxito.

¿Mis éxitos profesionales hubieran sido posibles sin tanto «sacrificio»? No lo sabía. Probablemente sí. Es más, creo que mis éxitos hubieran sido aún mayores, porque al final, si no los disfrutaste, ¿realmente lo fueron?. Y siendo bien realistas, se trabaja mejor cuando uno está sano y no siempre al borde de lo que no pueda aguantar tu muy golpeado sistema inmune.

Ese mes renuncié a mi trabajo. Si, al glamuroso, importante y shinny trabajo que tenía. Rechacé otra oferta que llegó. Y decidí tomarme 4 meses para mí. Para sanar, dormir, meditar, comer bien. Para tratar de sentirme cómoda de no hacer nada. Y aún más difícil, sentirme cómoda cuando alguien me preguntara qué hacía, poder decir con toda seguridad y orgullo: Nada. Era momento no solo de sanar, si no también de conocer quién soy cuando no soy una profesionista. Quién soy en realidad.

Esos 4 meses cambiaron mi vida por completo. No les digo que salí sabiendo quién soy, porque estoy convencida que ese es un proceso de toda la vida. Pero sí conociéndome mejor, durmiendo bien, valorando mi salud y dándome tiempo de leer, meditar, ir al Bosque de Chapultepec a ver ardillas, deambular sin rumbo por la ciudad.

Pero lo más transformador fue perderle el miedo a frenar. A llevar una vida más tranquila. A reconciliarme con la calma y a no ser «productiva». Por supuesto que después volví a trabajar, que hay una renta que pagar, y muchas más cosas interesantes por aprender y vivir. Trabajar también puede ser divertido y satisfactorio. Pero algo en mí cambió, y empecé a ver la vida y el trabajo de formas muy diferentes.

También entré a terapia, pero eso es para otro post.

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