Después de una maestría en estrategia de impacto social y de liderar el área de impacto social de un corporativo, recuerdo una mañana en la que desperté sintiéndome completamente abrumada.
La noche anterior había llovido intensamente, con rayos y una inundación que parecía no tener fin. Y lo que más me sorprendió fue que, por primera vez en mi vida, odié esa lluvia.
Mientras escuchaba el agua caer, no dejaba de pensar en las personas sin hogar, en quienes no tenían un techo para protegerse. Me imaginaba lo mucho que estarían sufriendo bajo esa tormenta y me sentía impotente ante la magnitud del problema.
Sí, yo. Que viniendo de Ensenada, donde las sequías son comunes, siempre había amado la lluvia. De niña la celebraba, salía a mojarme, disfrutaba cada gota. Dormir escuchándola era, y sigue siendo, una de mis cosas favoritas del mundo.
Pero esa noche algo cambió.
Lo que antes me reconfortaba ahora me llenaba de ansiedad. La lluvia, que siempre había significado vida, renovación y alegría, se había convertido en un recordatorio de todo lo que yo sabía que estaba mal en el mundo y no podía resolver.
Fue entonces cuando entendí de verdad eso que llaman compassion fatigue: el agotamiento que aparece cuando te importa tanto lo que pasa a tu alrededor que empiezas a sentir que nunca haces suficiente.
Un día te sientes invencible, ilusionada con el impacto que estás logrando. Al siguiente miras alrededor y te das cuenta de que, a pesar de todo, siguen existiendo demasiados problemas, demasiadas personas que necesitan ayuda y recursos que nunca alcanzan.
Con el tiempo entendí que parte de mi agotamiento venía de una idea imposible: sentir que, si podía ver un problema, de alguna manera también era responsable de resolverlo.
Y fue entonces cuando una metáfora muy sencilla me ayudó a ordenar algo que hasta ese momento sentía como un ruido constante: la del pez y el charco.
La persona que me la compartió decía algo así: imagina que sales de tu casa y ves un charco sucio, y dentro de él un pez que está muriendo. ¿Qué haces? Claro que ayudas al pez. Lo sacas de ahí y tratas de revivirlo.
Al día siguiente aparece otro pez en el mismo charco. Lo ayudas también.
Pero al tercer día empiezas a preguntarte algo distinto: ¿qué está pasando con ese charco?
Porque quizás el problema nunca fueron los peces. Quizás hay algo en el agua que los está matando. Y si quieres evitar que mañana aparezca otro, tarde o temprano tienes que dejar de mirar únicamente al pez y empezar a mirar el sistema.
Esta metáfora se me quedó grabada.
Porque si eres como yo, probablemente también sientas la necesidad de salvar al pez en ese instante. El corazón te gana. Y no tiene nada de malo. Por Dios, si ves a un ser vivo muriendo y puedes ayudarlo, ayúdalo.
El problema es cuando la urgencia se convierte en la única forma en la que sabemos ayudar.
Salvar al pez produce algo inmediato: hiciste algo, ayudaste a alguien, puedes ver el resultado. Arreglar el charco es mucho menos satisfactorio. Toma tiempo. A veces años. Puede que ni siquiera llegues a ver el resultado.
Y quizás por eso es tan fácil pasar la vida sacando peces.
No creo que la respuesta sea dejar de hacerlo. La asistencia importa. Hay problemas que no pueden esperar a que llegue el cambio estructural. Pero tampoco podemos confundir atender una emergencia con haber resuelto aquello que la provocó.
Y, sobre todo, tuve que aceptar algo más incómodo: no puedo salvar a todos los peces.
Puedo decidir conscientemente cuáles necesitan ayuda inmediata, qué charcos vale la pena intentar reparar y cuáles, por doloroso que resulte, simplemente no me corresponde cargar.
Con los años también me he dado cuenta de algo curioso: es mucho más fácil identificar los charcos de los demás que los propios.
En nuestra vida hacemos algo muy parecido. Apagamos incendios, resolvemos la crisis de esta semana, buscamos sentirnos un poco mejor y seguimos adelante. Nos concentramos tanto en lo que duele hoy que pocas veces nos preguntamos qué hay debajo, qué patrón seguimos repitiendo o qué parte del sistema necesita realmente cambiar.
A veces incluso utilizamos herramientas que, en principio, deberían ayudarnos para evitar mirar aquello que nos incomoda. Es parte de lo que se conoce como spiritual bypass: usar una meditación, una afirmación positiva o cualquier otra práctica como una manera de sentir alivio sin enfrentarnos necesariamente a aquello que está generando el malestar.
Otra curita sobre una fractura.
Y quizá esa sea la parte de la metáfora que más me interesa hoy.
No solamente preguntarme qué charcos del mundo quiero ayudar a reparar, sino también tener la valentía de mirar los míos.
Porque ayudar y cuidarnos no son trabajos separados. Son parte de la misma pregunta sobre sostenibilidad.
Tal vez la lección no sea dejar de salvar peces mientras arreglamos el charco. Ni arreglar primero nuestro propio charco para después ocuparnos de los demás.
Tal vez se trate de aprender a hacer ambas cosas al mismo tiempo: atender lo urgente sin perder de vista lo importante; preocuparnos profundamente sin asumir que todo nos corresponde; ayudar sin consumirnos en el intento.
Seguir sacando peces cuando haga falta.
Pero, de vez en cuando, levantar la mirada y preguntarnos qué está pasando con el agua.