Día 2: Human beings vs Human doings

La identidad. Un tema que llevo cargando mucho mucho tiempo. Como ya les he contado, yo era siempre, y sigo siendo a veces, una persona que se medía por lo que hacía. Cuya autovaloración venía de logros, de alcanzar metas, de ser la mejor o tratar de serlo. La mejor bailarina, la mejor estudiante, la mejor hija, la empleada ejemplar, la profesionista exitosa. La pareja radiante. Todo era una especie de reto. Como una apuesta conmigo misma y con el mundo.

Hoy mientras leía Steal Like An Artist de Austin Kleon (librazo, por cierto), reflexionaba del problema de ponernos siempre un título. Así, como un name tag que elegimos inconscientemente. El problema es que al ponernos un título de «Gerente de sustentabilidad» por ej, o «Director de operaciones», dejamos de ser muuuuuchas más cosas. ¿Quién eres? «Abogado». Entonces ¿no eres escritor? ¿amante del cine? o ¿madre?. Y si eres solo eso, ¿quién eres los fines de semana? ¿la noche de navidad? ¿y en la intimidad?

Uno de los dichos favoritos de mi mamá dice: «Somos human beings, no human doings». Yo fui human doing tantos años de mi vida… tantos que todavía estoy conociendo a la persona que realmente soy. La primera vez que empecé a conocerla fue cuando me quedé sin trabajo en la pandemia. Renuncié, estuve 3 meses desempleada, y un buen día me vi en el espejo y me di cuenta de que no tenía ni idea de quién era. Ya no era Head de Operaciones. ¡¿Quién era?!

Cuando se cae la máscara de los «logros profesionales», sigue un momento un poco incómodo con uno mismo. Es como despertarte un buen día y no saber cómo te llamas.

Hoy recuerdo con humor aquella vez que en un taller medio esotérico al que me invitó un amigo, me pidieron que me presentara pero que obviara cualquier dato profesional. GULP. Ni idea, amigos.

Otro reto en este camino de autodescubrimiento, más allá de tu etiqueta overachiever, son las relaciones. Agh qué difíciles las relaciones ¿no? Si ya solo la relación con uno mismo es complicada. Es difícil relacionarse sin etiquetas. Porque también descubres que algunas relaciones dependen de ellas.

Una de las partes más difíciles de esta etapa fue un tema de identidad. La primera vez que pensé en renunciar a mi glamuroso trabajo en una tech company, recuerdo que sentía terror. Lo que más miedo me daba era ¿qué demonios voy a responder cuando me pregunten qué hago? ¿qué voy a decir cuando conozca gente? ¿de qué voy a hablar? Sería como «sorry no tengo nada interesante que ofrecer». Ya sé, suena patético. Pero así era. Un miedo tipo tornado que me paralizaba. Luego me di cuenta de que el miedo más grande era no saber responderme esa pregunta a mí misma.

Pero es parte del proceso. Y si te dijera que lo mejor viene después tal vez te mentiría, porque yo todavía no llego ahí. Lo que sé hoy es que esta parte del proceso no es tan mala como pensé y que es absolutamente indispensable. Y que difícil como puede parecer el camino, es uno mucho más real, mucho más auténtico. Que hay un placer difícil de describir de poder conectar contigo mismo y que eso importe más que el qué dirán los demás. Una especie de rebeldía. De complicidad con uno mismo.

A mi por lo menos me ha permitido irme conociendo. Y descubrir que en realidad me caigo bien. Entender poco a poco qué me gusta, qué disfruto y en qué ambientes soy más feliz. Qué puedo aportar al mundo. Cómo quiero que me conozca la gente que quiero. Y últimamente, y esta ha sido la más compleja para mí: ¿qué quiero que aprendan mis hijos de mí sobre cómo ser feliz?

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