Siempre he sido muy ambiciosa y perfeccionista. Tomaría varios posts explicar por qué y cómo me volví así, pero ya será después. La cosa es que desde que tengo memoria quería ser la mejor en todo: colegio, danza, hija, empleada, amiga, ciudadana. Lo daba todo. Sí, TODO. Y sí. Lo que yo creía que era una cualidad, era quizás más un reflejo de la inseguridad que sentía y hasta una manera muy efectiva de escapar de lo que sentía o pasaba a mi alrededor. Además, cómo se suponía que llegaría a ser «exitosa» sin darlo todo. Y ser «exitosa» es lo único que importa. Para mí, darlo todo era la forma de hacerle frente a la mediocridad. Porque mi vida funcionaba en blancos y negros, nunca grises. Pero ese tema lo tocaremos más adelante.
En la escuela decían que era una «matada». Y para mí eso siempre fue un halago y un gran orgullo. Mejor matada que mediocre. No pain no gain. Blancos y negros. Hoy recuerdo la cara que ponían mis amigas y maestros cuando me veían corriendo por los pasillos y mi respuesta a un simple «¿cómo estás?» solía ser «hola!! apuradísima, estresadísima, pero bien! ya me voy que voy tarde! besos bye!». Siempre a mil.
Años después como profesionista, me gustaba presumir en entrevistas de trabajo que soy de las personas que dan el 110%. Y parecía tener mucho éxito al inicio de mi carrera, el sueño de cualquier empresa (o eso creía yo). Y ¿cómo no me iban a amar? Por un lado, no me atrevo ni a negociarte mi sueldo porque me da miedo y tengo que «probarte mi valor» antes, pero te prometo que le voy a dedicar TODA mi energía (y más!) a tu empresa. Espectacular.
Siempre fui de las que llegaba temprano y se iba tarde. La de los resultados, la heroica, desvelada y confiable «problem solver». La perfeccionista, la «hustler«. Aún de regreso en mi casa por las noches no dejaba de pensar en cómo seguir resolviendo problemas de mi emprendimiento o de la empresa en la que trabajara, con una intensidad, pasión y sentido de urgencia equivalentes a quien tiene que salvar el mundo.
Trabajando algunos años en uno de los famosos unicornios tech, en una empresa donde el sentido de «urgencia» era pan de todos los días, la mayoría nos matábamos trabajando 16-17 horas diarias. Tenía un equipo a mi cargo y me sentía indestructible, y un día una de mis reports me dio una enorme lección. Ella se daba el «lujo» de irse de la oficina todos los días a las 6:30 o 7 pm. A todos nos parecía casi un insulto, saber que quedaba «tanto» por hacer y resolver, y esta persona tan tranquila como siempre, recogía sus cosas, se despedía con una sonrisa y se iba. Era mi report, y como manager yo me sentía responsable. Pero tampoco puedes forzar a alguien a quedarse más tarde (¿o sí?). Y más si está llegando a sus objetivos y dando resultados.
Decidí que no estaba bien. Un día le pedí que nos tomáramos un café y le pregunté por qué se iba todos los días más temprano que los demás (¡más temprano que yo!). ¿Había un pariente enfermo que cuidar? ¿alguna «emergencia»? No. Su respuesta fue de los más natural: «Amo mi trabajo. Pero me voy porque me deprimiría salir de este edificio todos los días sin ver el sol». No lo entendí y la verdad en el fondo me enojó. Seguramente vio mi cara de confusión, como si me estuviera hablando en ruso. ¿Que no tiene ambiciones? ¿Le vale la empresa? ¿Cómo se atreve?. La vida siguió, ella siguió saliendo antes que todos y no tuve forma de cambiarlo porque seguía dando buenos resultados. Y porque la verdad, yo estaba más preocupada por demostrar que a mi SÍ me importaba la empresa, que yo sí tenía ambiciones.
En esa misma empresa, fui promovida y me pusieron nuevo jefe. Después de nuestro primer 1-1, donde hice mi mejor interpretación de «Sandy-lo-da-todo», me dijo: «Te propongo algo: este semestre no quiero que des el 110%. No pienso que sea lo más estratégico». Me dejó fría. Me explicó que «si aquí das el 110%, ¿a qué hora duermes, comes , haces ejercicio o disfrutas de la vida?». Y en términos profesionales, alguien que da el 110%, nunca tendrá espacio libre para dar un «extra» cuando se requiera». Fue un shock. Darme cuenta de que mi mayor «asset», que era ser heroicamente esforzada, a este jefe le pareciera inútil. Fue tan lejos como para ponerme un nuevo KPI: No me podría ir de la oficina después de las 7 pm. Me aterró la idea, pero no tenía de otra.
Y me propuso hacer un experimento: iba a darle a mi trabajo solo el 80% (pese a que según mi jefe 80% seguía en los rangos del workaholic, pero se conformaba si empezaba por dedicar ese 20% a mi salud o vida personal). Y cada semana veríamos si esto impactaba o no mis resultados.
Así que comencé a forzarme a salir de la oficina de mi glamuroso y «challenging» trabajo todos los días ni un minuto después de las 7 pm (y por lo tanto ignorar las miradas de sorpresa, confusión y probable envidia de mis compañeros). Por un lado era un voto de confianza: mientras yo diera resultados a él no le importaba si me iba a la hora que me diera la gana. Por el otro, fue una enorme lección de vida, que hoy trato de replicar en todos mis equipos.
El primer día que bajé del piso 27 del edificio donde trabajaba, a las 6:45 pm, salí por la puerta principal y me di cuenta de una cosa: Aún era de día. El sol tocaba mi cara y yo era «libre». Fue ahí que entendí lo que mi report quiso decir aquella vez. Era maravilloso, el tiempo que quedaba era solo para mí y todavía había sol. Caminando hacia mi casa me dio un ataque de risa. No podía creer como un poquito de sol en la cara cambia el humor. Cómo me ponía nerviosa decidir qué haría con este tiempo libre al llegar a mi departamento.
Los más sorpresivo es que el tiempo que siguió a eso, fue probablemente de los más eficientes y exitosos de mi carrera. Mi equipo estaba feliz, mejoramos notablemente nuestros resultados, creamos cosas nuevas, y a mi me promovieron. Me fui dando cuenta de que la gente a la que le iba a mejor eran personas que como yo, lograban tener un poco de balance en su vida. Quienes no daban el 110%. Al porcentaje que le dedicaban a la empresa le metían todo el amor, la pasión y ganas que tenían. Para después cerrar su computadora e ir a vivir una vida. Su vida. Y teniendo aún espacio disponible para dar un «extra» solo cuando este se requería. Era gente feliz, eficiente y disciplinada. Nada más.
No crean, esto no se «cura» al 100%. Siempre está el peligro de volver a caer en el vicio del workaholic. Pero las lecciones se quedan. Y siempre es posible corregir el rumbo.