Me desperté un día en mi cama, dándome cuenta de que esto no podía seguir así. Me dolía el cuerpo. Sentía una fatiga… como si mi cuerpo hubiera decidido que ese día no me levantaría. No había nada que yo pudiera hacer. Tuve que escribir a mi jefe un mensaje que ese día no iría porque estaba enferma. Me respondió que no había problema, que me mejore, y me preguntó qué tenía. La respuesta era «no sé». No tenía idea de qué estaba pasando, mi cuerpo colapsó.
Me quedé algunas horas viendo el techo con el cerebro medio entumido. Llevaba días cansada, meses tal vez. Tenía 31 años y mi primer sospecha fue «ah! así deben ser los 30. Simplemente uno está más cansado». La idea de salir con amigas, hablar por teléfono, de ir a una cena, de leer una novela, … lo que sea. Qué cansancio. Veía a gente de mi edad haciendo esas cosas y no entendía. ¿Cómo podían? Entonces tuve otra teoría: seguro estoy deprimida. Esto es depresión clínica. Fui con un psicólogo, quien me ayudó a revisar algunos temas de mi vida pero que me aseguró que lo mío no era depresión. Agh. ¿Entonces?
Mi cuerpo se dio cuenta de que yo no estaba entendiendo el mensaje. Así que decidió hablar. Me salieron varias ronchitas en el cuerpo y se me inflamaron algunas bolitas que después descubrí que se llamaban ganglios. Uno de ellos en la barbilla, cosa que muy a pesar no pude ignorar, más por vanidad que por salud. Así iba por la vida, con erupciones en la piel, ganglios inflamados (problemas estomacales, ocasional fiebre y dolores en la espalda, pero esos ya eran «normales»). No era la primera vez que mi cuerpo me trataba de dar mensajes. Ni la primera que decidí ignorarlo.
Lo escribo y suena ridículo. Pero es como un mal silencioso que poco a poco te va convenciendo de que esa es tu «normalidad» y el precio del éxito.
¿Mis éxitos profesionales hubieran sido posibles sin tanto «sacrificio»? No lo sabía. Pero me gusta pensar que sí. Es más, creo que mis éxitos hubieran sido aún mayores, porque al final, si no los disfrutaste, ¿realmente lo fueron?
Ese mes renuncié a mi trabajo glamuroso. Rechacé otra oferta que tenía. Y decidí tomarme 4 meses para mí. Para sanar, dormir, meditar, comer bien. Para tratar de sentirme cómoda de no hacer nada. Y aún más difícil, sentirme cómoda cuando alguien me preguntara qué hacía, poder decir con toda seguridad y orgullo: Nada. Era momento no solo de sanar, si no también de conocer quién soy cuando no soy una profesionista. Quién soy en realidad.
Esos 4 meses cambiaron mi vida por completo.