Día 4: Salvar al pez o arreglar el charco

Después de dos años de maestría en estrategia de impacto social y un año trabajando en el área de impacto social de un corporativo, recuerdo una mañana en la que desperté sintiéndome completamente abrumada. La noche anterior había llovido intensamente, con rayos y una inundación que parecía no tener fin. Y lo que más me sorprendió fue que, por primera vez en mi vida, odié esa lluvia. Mientras escuchaba el agua caer, no dejaba de pensar en las personas sin hogar, en aquellos que no tienen un techo para protegerse. Me imaginaba lo mucho que estarían sufriendo bajo esa tormenta, y me sentía impotente, abrumada por la magnitud del problema.

Lo curioso es que, viniendo de Ensenada, donde las sequías son comunes, siempre había amado la lluvia. De niña la celebraba, salía a mojarme, disfrutaba cada gota. Dormir escuchando la lluvia era mi paz. Pero esa noche, algo cambió. Lo que antes me reconfortaba, ahora me llenaba de ansiedad y frustración. La lluvia, que siempre había sido un símbolo de renovación y alegría para mí, se había transformado en una fuente de angustia. No podía desconectar mi mente de todos los problemas que sabía que existían, y me sentía incapaz de hacer lo suficiente para solucionarlos.

Fue en ese momento que comprendí lo que llaman compassion fatigue. Ese agotamiento emocional que nos afecta a quienes intentamos salvar el mundo, día tras día. Un día te sientes invencible, lleno de ilusión y orgullo por el impacto que crees estar logrando. Pero al siguiente, te das cuenta de que, a pesar de tus esfuerzos, el mundo sigue lleno de problemas que parecen insuperables, y que nunca hay suficientes recursos para atender todas las necesidades.

La lluvia, esa noche, simbolizaba precisamente eso: la naturaleza imparable de los desafíos del mundo. Yo, que había dedicado tanto tiempo y energía a intentar cambiar las cosas, de repente me sentí pequeña e impotente ante la magnitud de lo que quedaba por hacer. Esa misma agua que tanto había amado, que siempre me había dado paz, ahora era una constante recordatorio de todo lo que no podía controlar ni resolver.

Hace un tiempo, escuché una metáfora que transformó la manera en que pensaba sobre el impacto social, y que sigue moldeando mis pensamientos hoy. La metáfora de los peces y el charco. Es una de esas reflexiones que, una vez que las escuchas, ya no puedes dejar de ver en todo lo que haces.

La persona que la compartió decía que algunos problemas solo pueden resolverse si los miramos desde un punto de vista sistémico. Decía: «Es como cuando sales de tu casa y ves un charco sucio, y dentro de él un pez que está muriendo. ¿Qué haces tú? Claro, ayudas al pez, lo sacas de ahí y tratas de revivirlo. Pero al día siguiente ves el mismo charco, y otro pez muriendo. Lo ayudas también. Al tercer día, te das cuenta de que el problema no es el pez; es el charco. Algo en ese charco está matando a los peces, y para salvarlos realmente, necesitas arreglar el charco, el sistema.»

Esta metáfora se me quedó grabada profundamente. Porque si eres como yo, seguramente también sientes la necesidad de salvar al pez en ese instante. El corazón te gana. No puedes dejarlo ahí sufriendo. La gratificación de hacer algo inmediato es muy poderosa, te sientes útil, sientes que ayudaste. Pero lo tricky aquí es que, una vez que terminas de salvar al pez, es fácil olvidarse del charco y seguir con tu vida. Esa acción inmediata, reactiva, es como poner una curita cuando en realidad el problema es una fractura.

No quiero decir que esté mal actuar de inmediato. La asistencia es necesaria, ¡por supuesto que debemos sacar al pez del charco ahora mismo! No se trata de volvernos apáticos y esperar que mágicamente llegue el cambio estructural. Pero tampoco podemos quedarnos solo con la acción inmediata, porque de lo contrario, la «ayuda» se vuelve temporal y muchas veces inútil. Si solo nos enfocamos en salvar a un pez a la vez, sin cuestionar el charco, permitimos que otros dos peces mueran mañana.

Esta metáfora no solo aplica al trabajo social o comunitario. Me hace reflexionar también sobre nuestras vidas personales. A menudo nos concentramos tanto en resolver problemas superficiales, en apagar incendios del día a día, que no nos detenemos a pensar si el problema de fondo es más profundo, sistémico. Nos enfocamos en las pequeñas crisis cotidianas y olvidamos mirar el charco en el que vivimos.

Un ejemplo claro es el famoso spiritual bypass, del que escribiré más adelante. Pero en resumen, es esa tendencia a utilizar soluciones superficiales, como una meditación o una afirmación positiva, para evitar enfrentarnos a los problemas de fondo que realmente nos están drenando. Nos sentimos bien por un momento, como si hubiéramos solucionado algo, pero no hemos cambiado el sistema que genera ese malestar.

Quizás, antes de querer salvar al mundo, primero deberíamos aprender a salvarnos a nosotros mismos. Mirar hacia adentro y hacer una limpieza profunda en nuestro propio charco, para luego tener la capacidad de arreglar océanos. No es egoísmo, es la base para un cambio sostenible. Porque si seguimos enfrentando los mismos problemas, día tras día, tal vez el verdadero cambio comience cuando reparemos el sistema, no solo las piezas sueltas.


Deja un comentario