Día 6: El arte de anticipar problemas (que no pasan)


A veces me sorprendo a mí misma imaginando situaciones de conflicto. Puede ser con mis papás, con el dueño del Airbnb donde me estoy quedando, con mi jefe o hasta con la señora de la esquina. Me imagino momentos donde, por alguna razón, es necesario que me defienda. Y no solo fabrico esas respuestas hipotéticas, sino que las perfecciono en mi mente una y otra vez. Lo curioso es que no solo las pienso, sino que las siento físicamente. Mi cuerpo reacciona. Gasto tiempo, energía mental y también emocional, preparándome para una confrontación que casi nunca llega.

Lo más interesante de todo esto es que, en el 99% de las veces, la situación nunca ocurre. Y, lo que es más, en un buen 50% de las ocasiones, pasa todo lo contrario: algo bueno o agradable termina sucediendo. O, al menos, la realidad es mucho más tranquila de lo que había imaginado en mi cabeza.

Esto me llevó a preguntarme: ¿por qué tengo esta tendencia? ¿Por qué muchas veces asumimos lo peor?

Obviamente, lo googleé. Y encontré un término para esto: catastrophizing.

Básicamente, lo que sucede es que algunas personas desarrollamos el hábito de imaginar escenarios catastróficos porque en algún momento de nuestras vidas tuvimos una experiencia negativa que no vimos venir. Entonces, como un mecanismo de protección, empezamos a imaginarnos los peores escenarios posibles para no ser sorprendidos de nuevo. Es una manera de intentar estar siempre preparados para lo peor, para no sentirnos vulnerables.

Pero aquí viene la trampa: anticipar lo peor, una y otra vez, no solo consume energía y afecta cómo nos sentimos físicamente, sino que también nos impide disfrutar de la vida en el presente. Estamos atrapados en una constante preparación para batallas que tal vez nunca lleguen.

Lo interesante es que, mientras leía sobre esto, encontré un enfoque útil para romper con este ciclo. En lugar de solo enfocarnos en el peor escenario posible, también podemos pensar en el mejor. Y al poner ambos escenarios en perspectiva, nos damos cuenta de que ni uno ni el otro son realmente probables. Ambos son posibles, sí, pero no son los más probables.

Este simple cambio de perspectiva me ha ayudado a calmarme en esos momentos de «construcción de conflictos» que, al final, solo viven en mi cabeza. Porque si me permito considerar que lo mejor también es una posibilidad, me doy cuenta de que la vida no es blanco o negro. Hay una gama enorme de grises en el medio, y es ahí donde suele suceder la realidad.

Es un trabajo en progreso, pero cada vez que me atrapo anticipando lo peor, trato de recordarme que, si bien puedo prepararme para lo malo, también puedo abrirme a la posibilidad de que, tal vez, solo tal vez, todo salga bien.


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