Hace unos días, una frase de la serie Sense8 me golpeó profundamente: «The real violence, the violence that I realized was unforgivable, is the violence that we do to ourselves, when we’re too afraid to be who we really are.»
La escuché y sentí como si alguien hubiera expresado en palabras una verdad que yo había estado evitando por mucho tiempo. Esa violencia interna, el daño silencioso pero constante que nos hacemos cuando tenemos miedo de ser nosotros mismos, me resonó de una manera que no esperaba.
No pasó mucho tiempo antes de escuchar una reflexión similar en el podcast So Money, donde Dina Kaplan hablaba de la época en que vivía con la constante necesidad de «no rock the boat», es decir, de no generar olas, de no incomodar a nadie. Me hizo pensar en algo que yo también he vivido: ese deseo de agradar a todos, de encajar perfectamente en el molde que otros esperan de nosotros. El famoso likability factor, la trampa de querer ser siempre aceptada y querida por todos.
Y es que, en algún momento de la vida, todos nos encontramos haciendo malabares entre lo que realmente somos y lo que creemos que deberíamos ser para agradar a los demás. Nos volvemos expertos en medir nuestras palabras, en suavizar nuestros pensamientos, en encajar, en no incomodar. Nos ponemos máscaras para asegurar que las personas a nuestro alrededor nos vean de una forma que les resulte agradable. Sin darnos cuenta, nos estamos violentando a nosotros mismos.
Kaplan lo resumió con una frase que me hizo eco: To not have the courage to be myself and let the cards fall where they may. No tener el valor de ser yo misma y dejar que las cartas caigan donde deban caer.
Me identifiqué tanto con eso porque durante años he sentido esa presión de conformarme, de ser “la persona correcta” en cada situación, de evitar el conflicto o el rechazo. Y lo que no me había dado cuenta, hasta ahora, es que en esa búsqueda por mantener todo en orden y evitar incomodar, he estado renunciando a partes esenciales de mí misma. Me volví tan buena en no “rock the boat” que me olvidé de algo crucial: mi barco también merece navegar en dirección a donde yo quiero ir.
Lo que más me ha impactado de esta reflexión es reconocer cómo este patrón no se limita a un solo ámbito de mi vida. Afecta lo personal y lo profesional. En el trabajo, he optado por no aplicar a ciertos puestos o proyectos, simplemente porque creí que no era “mi lugar” o que no merecía algo mejor. En las relaciones personales, he callado mis opiniones para evitar discusiones, pensando que ser amable y flexible era más importante que ser auténtica.
Pero el mayor problema de vivir así es que, poco a poco, te apagas. Ese esfuerzo constante por no ser demasiado algo —demasiado directa, demasiado ambiciosa, demasiado sincera— te va restando energía y te va alejando de lo que realmente quieres. Te impide correr riesgos, atreverte a más y, en última instancia, disfrutar plenamente de la vida.
Creo que, al final, el mayor acto de valentía que podemos hacer es ser fieles a quienes somos. Dejar de temerle tanto a las consecuencias de mostrar nuestra verdadera esencia. ¿Y qué si no agradamos a todos? ¿Y qué si las cartas no caen donde pensábamos? Lo que importa es que podamos vivir en paz con nosotros mismos, sabiendo que no nos hemos traicionado por cumplir con las expectativas de los demás.
Hoy estoy en un punto donde quiero, y necesito, dejar de violentarme de esa manera. Quiero vivir con la libertad de ser quien soy y aceptar lo que venga con eso, confiando en que lo que realmente importa es cómo me siento conmigo misma, no lo que los demás piensen o esperen de mí.