Suena como el título de una película dramática, pero es lo único que se me ocurre para describir lo que viví. Es algo que he imaginado tantas veces, como si fuera la respuesta a esa típica pregunta de admisión universitaria: «Describe un momento en el que hayas tenido que superar una dificultad y cómo lo enfrentaste.»
Pues bien, hablemos de esa dificultad, porque finalmente creo que estoy lista. No hubiera podido hacerlo a los 26 años, cuando aplicaba para una maestría, porque sinceramente no tenía ni idea de lo que realmente estaba pasando en mi vida. No lo había enfrentado; aún seguía luchando, sin comprender.
Para dar contexto: fui bailarina. Desde que tengo memoria, el baile no solo era una actividad que me apasionaba; era mi identidad. Bailar me daba un propósito, me hacía sentir fuerte, talentosa, capaz.
En la universidad, estaba en una encrucijada: ¿me dedicaría al baile o seguiría una carrera fuera de él? Era una decisión difícil, pero la vida me sonreía en ese momento. Estaba estudiando Relaciones Internacionales y Chino Mandarín, temas que me apasionaban, mientras bailaba intensamente, seis horas diarias. Estaba en la cima de mi capacidad física. Viajar para bailar había dejado de ser un sueño y se había convertido en mi realidad. El punto culminante fue una gira en España el año anterior. Fue mágico. Por primera vez, sentía que todo el esfuerzo valía la pena: los saltos eran fáciles, la flexibilidad venía sin esfuerzo, y mi cuerpo estaba en su mejor forma.
Más que ser una actividad, bailar era mi identidad. Era la manera en que me presentaba al mundo. Si en una sala había dos personas llamadas Sandra, yo era “Sandra la bailarina”. Esa era yo, lo había sido desde los dos años y medio, cuando mi madre insistió en que me aceptaran en una clase de ballet, a pesar de que admitían a niñas de cuatro en adelante. Y ahí estaba yo, bailando junto a mis compañeras mayores, feliz.
Recuerdo escuchar historias de personas que dejaban de bailar por lesiones, y siempre pensaba: «Qué pesadilla. Pobres.» Sin darme cuenta de que mi propia pesadilla se estaba cocinando lentamente.
Tenía 22 años cuando todo comenzó. Llevaba 1 o 2 años sintiendo un dolorcito constante en la espalda baja. No era «terrible», o al menos eso me decía a mí misma. Pero sí era constante, ese tipo de dolor que sientes después de haber recorrido un museo o caminar en el parque, que llega a volverse parte de tu día a día. Se me hizo normal pensar que, a esa edad, estar parada 30 minutos era suficiente para generar dolor. Me había acostumbrado.
Con el tiempo empeoró. Recuerdo que durante un examen universitario me retorcía en la silla, sudando, pensando que “había caminado demasiado” y que la espalda me estaba matando. Apurándome a terminar el examen para poder tomarme un ketorolaco. Más tarde, comencé a sentirlo durante los ensayos de baile.
Así seguí 6 meses hasta que un día no pude levantarme de la cama. El dolor era insoportable. Lloré de frustración y desesperación. Finalmente, acudí a un especialista que trataba a los atletas olímpicos. Después de una resonancia magnética, llegó la noticia que tanto temía: una hernia y una fractura de disco lumbar. Y la frase que me rompió: «Tienes que dejar de bailar.»
Me dijeron que mi columna no aguantaría ni un embarazo si seguía bailando. Entre lágrimas, pregunté si estaba seguro, si no había otra opción. Me dijo que tal vez, con mucha terapia, podría volver a bailar, pero nunca de manera profesional. Y debía aceptar que mi carrera como bailarina había terminado.
Ese momento significó muchas cosas. Pero sobre todo, significó la pérdida de mi identidad. Ya no era Sandra la bailarina. ¿Quién era entonces?
Ha pasado más de una década, y esa pregunta sigue acompañándome. Algunos podrían pensar que es ridículo que todavía, después de tanto tiempo, siga buscando la respuesta. Pero cuando tu identidad, esa que has tenido por más de 20 años, se rompe de repente, es natural que tome tiempo reconstruirla.
Hoy, esa reconstrucción me ha llevado a ser escritora, mamá, esposa, mujer. Soy feliz. Y a ratos, también infeliz. Soy humana. Ya no necesito ser «la bailarina». Soy yo, simplemente. Y a veces, cuando me nace, todavía bailo. No en escenarios ni profesionalmente, pero sí en bodas, en alguna clase, o con mi bebé en la sala de la casa. Porque el baile sigue aquí, dentro de mí, pero ya no me define.