Día 10: El Legado Invisible del Bullying


Quizás te tocó crecer en una época en la que la palabra bullying no era tan conocida ni tan discutida como lo es hoy. Tal vez en aquel entonces, lo que hoy llamamos bullying simplemente se veía como «cosas de niños» o «parte de crecer». Pero la realidad es que sus efectos van mucho más allá del patio de la escuela. Incluso si la palabra no estaba de moda, la experiencia era igual de dolorosa, y las cicatrices que deja pueden perdurar mucho tiempo después de que el acoso ha terminado.

En el podcast So Money, se discutía algo que resonó profundamente conmigo: cómo ese esfuerzo por ser cool y aceptado, especialmente después de haber sufrido bullying, te lleva a perder una parte esencial de ti mismo. Luchas por encajar, por ser parte del grupo, y en el proceso, sacrificas tu autenticidad. Lo haces porque, en el fondo, hay un miedo paralizante: el miedo de volver a caer en esa dinámica de dolor, de volver a sufrir el rechazo o la humillación. Entonces, para evitarlo, te amoldas a lo que crees que los demás quieren ver.

Pero hay un precio.

El costo de ser aceptado a cualquier precio

Con el tiempo, ese miedo y esa necesidad de aceptación se convierten en algo más que una estrategia de supervivencia social. Se vuelven parte de tu vida cotidiana, extendiéndose a otros aspectos, como el trabajo o las relaciones. Comienzas a vivir con un miedo permanente, casi irracional, a que en cualquier momento te pueden lastimar de nuevo, a que podrían despedirte del trabajo o a que la gente que consideras cercana te dará la espalda. Y entonces, la ansiedad se convierte en tu compañera constante.

Es una ansiedad multifacética. Por un lado, está el miedo a lo que podría pasar. A ese futuro incierto que sientes que no puedes controlar. Pero también está la ansiedad más profunda, la de saber que, en tu esfuerzo por ser aceptado, estás traicionándote a ti mismo. Te conviertes en un fraude a tus propios ojos, porque estás fingiendo ser algo que no eres, simplemente para evitar el dolor del rechazo.

El bullying no se queda en la infancia

A menudo pensamos en el bullying como algo que se queda en la infancia o en la adolescencia, pero sus efectos pueden permear cada rincón de nuestra vida adulta si no los abordamos de frente. Nos impulsa a crear máscaras, a proyectar una imagen que creemos que es más aceptable o «más cool», aunque eso signifique perder nuestra esencia. Y lo más doloroso es que, mientras luchamos por ser alguien que no somos, nos damos cuenta de que nunca nos sentimos verdaderamente cómodos, ni con los demás, ni con nosotros mismos.

Ese esfuerzo constante de encajar puede llevarnos a vivir con una profunda sensación de insuficiencia. No importa cuán «cool» o «aceptados» seamos en la superficie, siempre hay una voz interna que nos recuerda que estamos actuando, que no estamos siendo auténticos. Esa voz genera una ansiedad silenciosa pero persistente, porque en el fondo, sabemos que nos estamos fallando a nosotros mismos.

El círculo vicioso del miedo y la autotraición

El problema es que este ciclo es difícil de romper. El miedo al rechazo es tan poderoso que preferimos mantener las apariencias, incluso si eso significa cargar con la ansiedad de saber que no estamos viviendo de manera auténtica. Vivimos en una especie de constante alerta, siempre esperando el momento en que alguien descubra que no somos realmente quienes aparentamos ser.

Esa ansiedad se traduce en una sensación permanente de amenaza. Cada interacción social, cada nuevo proyecto en el trabajo, cada relación, se siente como una prueba más que debes superar para demostrar que mereces estar ahí, para validar tu existencia en ese espacio. Pero, irónicamente, cuanto más intentas «demostrar», más te alejas de tu verdadero ser.

¿Cómo salir del ciclo?

Salir de este ciclo implica un proceso profundo de autoaceptación y valentía. Implica aceptar que no necesitas ser cool ni perfecto para ser valioso. Significa hacer las paces con la posibilidad de que, en algún momento, ser auténtico podría no agradar a todos, y eso está bien. Se trata de entender que vivir con integridad y ser fiel a ti mismo es más liberador que cualquier aceptación superficial.

El legado del bullying no tiene que definir el resto de nuestras vidas. Es posible romper con esa narrativa de miedo y autotraición. Podemos aprender a ser más compasivos con nosotros mismos y a dejar de lado la ansiedad que nos mantiene atrapados en ese ciclo. Al final, ser auténtico, aunque arriesgado, es la única manera de liberarnos de las cadenas que el bullying nos dejó.

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