«Desconfíen de quien está siempre feliz», solía decir un amigo. Esa frase me irritaba profundamente. Me costaba aceptar la idea de que la felicidad pudiera ser algo sospechoso. ¿Por qué no? ¿Por qué no se puede ser feliz todo el tiempo? ¿Qué tiene de malo querer encontrar luz en medio de la oscuridad?
Recuerdo también a mi mamá, cuestionándome: «No entiendo cómo puedes ser feliz en medio de tanto caos familiar. Cuando todo se rompió… no sabíamos si eras psicópata o qué». Esas palabras, aunque dichas quizá en un tono de desesperación o desconcierto, me hirieron. Porque lo que nadie entendía era que mi aparente felicidad, esa sonrisa constante, era mi única defensa. Creía, ingenuamente, que si sonreía lo suficiente, si me esforzaba lo bastante por mostrar que todo estaba bien, entonces, tal vez, lograría reparar lo que estaba roto. Pensaba que mi actitud sería suficiente para cambiar las cosas.
Pero la verdad es que no cambió nada. Y el costo para mí fue mucho más alto de lo que podría haber imaginado. Me pregunto, a veces, dónde aprendí a esconder mis emociones tan bien. Dónde y cuándo me convencí de que era mejor que nadie supiera que estaba triste. Que nadie notara si me dolía, si me molestaba, si me caía a pedazos por dentro.
Así que sí, tal vez deberían desconfiar. Pero no de la persona que sonríe. No de mí. Desconfíen de esa felicidad eterna, esa sonrisa que parece no apagarse nunca. Porque quizás no sea más que un mecanismo de supervivencia. Una forma de aferrarse a algo, un salvavidas al que te agarras desesperadamente para no hundirte. Esa sonrisa desmedida, ese positivismo que parece desbordarse, es, en realidad, una barrera. Es el miedo a que si dejas que entre aunque sea una pizca de tristeza, todo se venga abajo. Y a veces, todo lo que uno quiere es no irse al carajo.
Así que desconfíen, pero no lo hagan desde el juicio. No desde la crítica o el desprecio. Desconfíen con compasión. Con la intención de acompañar. De entender que esa persona sonriente, tan llena de energía, podría estar usando su felicidad como escudo, como armadura. Porque detrás de esa fachada radiante podría estar alguien que se tambalea en el borde del abismo.
Yo lo hice. Sonreía, siempre. Me desafiaba constantemente, buscando mantenerme ocupada, al límite, para no dejar espacio a lo que verdaderamente sentía. Y de pronto, descubrí algo que me permitió liberar lo que llevaba guardado: el alcohol. A los 18, descubrí que cuando bebía podía llorar. Y lloraba. Lloraba como nunca lo había hecho. Lloraba por todo lo que no había llorado antes. Y bebía mucho, porque necesitaba esa liberación. Era como si el alcohol rompiera el dique y todo el dolor que había reprimido saliera a borbotones.
Con el tiempo, me di cuenta de que el alcohol no era suficiente. Así que encontré otra herramienta: el estrés. Bendito estrés. El rush. Era como una droga. Me cegaba. Me mantenía en movimiento, evadiendo mis emociones. Y no solo eso: me daba momentos de gratificación. Las subidas de adrenalina eran increíbles. Claro, también había bajadas, pero las subidas valían la pena. Cada logro, cada reto superado, era un alivio, una pequeña victoria que me hacía sentir viva.
Hasta que, como todas las cosas, el estrés también tuvo su precio. Más de una vez, la vida me puso frenos. Mi cuerpo, mi mente, me gritaban que parara. Que no podía seguir por ese camino. La vida, que a su manera siempre me ha querido y cuidado, me dio señales. Me dijo: «Hasta aquí.»
El cambio no fue fácil. De hecho, no sé si puedo decir que he cambiado del todo. He recorrido un camino, sí, pero ha sido un camino costoso. Y aún hay una parte de mí que se siente atrapada en un limbo. Como si hubiera salido del caos, pero aún estuviera en una sala de espera, sin saber muy bien hacia dónde ir ahora. Es una sensación extraña, estar entre dos mundos: el de quien ha dejado atrás sus viejas herramientas de supervivencia, pero no termina de encontrar nuevas formas de vivir plenamente.
Este proceso de cambio no ha sido lineal. A veces me siento más fuerte, más en paz. Otras veces, la vieja sonrisa falsa amenaza con volver. Y me recuerdo, una y otra vez, que está bien no ser feliz todo el tiempo. Que está bien dejar que entren otras emociones. Porque la vida no es solo luz, y está bien reconocer también la sombra.