Me está gustando esto de esperar hasta el final de mi redacción para elegir el título de mis posts. Tal vez porque finalmente acepto que, aunque empiece con una idea, termino en otra. Quizás a eso se le llama inspiración o “flow”.
Hoy escribo sobre la famosa «pasión». Crecí escuchando que lo que haga debe «apasionarme», que si tu trabajo te apasiona, no trabajarás ni un solo día de tu vida. Así fui por el mundo.
Primero, confundí pasión con obsesión, workaholismo y burnout. Estaba tan «apasionada» por lo que hacía que permití que me consumiera poco a poco. Le dediqué mi vida entera, me convertí en lo que hacía. Sacrifiqué salud, identidad y cordura por esa “pasión”. Pero estaba bien, porque, al fin y al cabo, estaba cumpliendo con lo que había aprendido.
Luego, no fui yo quien decidió parar. Fue mi cuerpo, que colapsó por mí. Así que comencé a buscar otras «pasiones» más saludables. Qué fastidio. Qué fastidio eso de «buscar una pasión». Es como un animal escurridizo: cuanto más lo buscas, más se te escapa. Esa maldita pasión. Pasé un año perdida, leyendo libros, escuchando podcasts, meditando, pensando y no pensando, esperando que algo nuevo, sano y emocionante me apasionara. No estaba entendiendo nada.
Hasta que, ya bastante perdida, encontré un libro que me ofreció una perspectiva distinta: Big Magic de Elizabeth Gilbert. Ella habla de la pasión o, mejor dicho, de la idea de pasión que nos inculcan desde niños. Esa misma que casi me mata. Esa que, al perderla, casi me mata por intentar «recuperarla». Gilbert dice que tal cosa no existe, y entiende lo agotador que puede ser intentar «encontrarla». Propone cambiar el enfoque: dejar de buscar la pasión y abrirse a la curiosidad. Entrar a una clase de portugués, no porque sientas pasión por los idiomas o por Brasil, sino por pura curiosidad. A mí me encanta la samba y el bossa nova, pero llamar a eso «pasión» es exagerado. Tomo clases de portugués por simple curiosidad, por el placer de aprender.
Mi trabajo ya no me apasiona. No me desvelo ni dejo de comer o de pensar en mi vida personal por él. Me gusta mucho mi trabajo, me enseña cosas nuevas cada semana, tiene un sentido. Me mantiene curiosa.
Mis clases de finanzas tampoco son por pasión. Lo que me mueve es la curiosidad por saber a dónde me pueden llevar estas habilidades. Algo dentro de mí me dice que estoy encaminada hacia algo bueno, algo que me va a retar y enseñar, que me llevará a un nuevo nivel de curiosidad. Y eso lo hace divertido. Y sano. La curiosidad no mata, como dicen que le pasó al gato. En cambio, la pasión… bueno, en mi caso estuvo cerca de hacerlo. Si no me mató físicamente, sí estuvo cerca de matar mi felicidad y mi salud.
Si vamos a tener pasión por algo, que sea por vivir. Que la pasión sea una luz, que aparezca en momentos específicos. Pero no debe ser lo único que sintamos el 100% del tiempo para sentirnos vivos. Al contrario, los momentos apasionantes llegan cuando vivimos la vida y creamos espacio para ellos, no al revés.