Conforme pasa el tiempo y continúo con la terapia, me doy cuenta de que cada vez tengo menos energía para seguir aparentando. Me agota ponerme la máscara, esa sonrisa que no siempre siento, ese tono de voz calculado para agradar. Antes era automático, casi inconsciente, pero ahora se siente pesado, artificial.
Y aunque la vida no es blanco o negro, tampoco se trata de ir al extremo opuesto. No quiero convertirme en alguien que, por rechazar lo que he sido, adopte una postura dura, distante, que intimide a los demás. Ni mucho menos quiero convertirme en una persona cruel o indiferente.
Pero ahí está el dilema, y el miedo: si dejo de ser esa versión que he construido para agradar, esa que sonríe aunque no quiera, que suaviza su voz, que siempre está de acuerdo, que se disculpa antes de que sea necesario, ¿en qué me convertiré? Tengo miedo de que, al no ser esa persona complaciente, me vuelva en algo que ni yo quiero ser, o que eso traiga consecuencias que no deseo enfrentar.
Es curioso, porque cuando veo a personas siendo completamente ellas mismas, sin preocuparse por las expectativas de los demás, me despiertan una admiración profunda. A veces incluso siento un toque de envidia, de esa envidia que no es destructiva, sino más bien un anhelo: quisiera tener esa libertad. Quisiera tener el coraje de mostrarme tal como soy, sin miedo al juicio.
Pero hay algo en mí que todavía se resiste. Es como si me hubieran enseñado que la vida social y el trabajo son juegos con reglas claras, y romperlas tiene un costo. No sé si es miedo a las represalias o simplemente el hábito de mantener las apariencias, pero hay algo que me retiene. Y, aunque lo reconozco, no me atrevo a soltarlo del todo.
Lo irónico es que esa resistencia me está agotando. Intentar encajar en un molde que ya no me queda, que tal vez nunca me quedó, me drena. Me cansa tener que medir cada gesto, cada palabra, cada sonrisa. Y me pregunto: ¿hasta cuándo seguiré jugando a este juego que no quiero jugar?
Me doy cuenta de que, al final, tal vez sí hay otra forma. Una en la que puedo ser estratégica sin perderme a mí misma. Una en la que puedo relacionarme con los demás desde un lugar de autenticidad, sin tener que sacrificar quién soy. Pero aún no sé cómo llegar ahí. Todavía estoy en el proceso de entender cómo puedo ser yo misma sin que eso implique sentirme vulnerable o expuesta.
Creo que, en el fondo, la verdadera pregunta es: ¿puedo confiar en que ser yo misma será suficiente?