Mis 3 superpoderes

Desde que tengo memoria, durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia, estuve convencida de que tenía un superpoder. A veces imaginaba que era telepatía, otras veces telekinesis. No importaba cuál fuera, lo sentía en mi interior, con una certeza casi inocente. Estaba convencida de que solo era cuestión de tiempo y práctica, como cuando pensaba que era una sirena en el mar, esperando descubrir cómo moverme entre las olas y respirar bajo el agua.

Ese sentimiento de tener un poder especial se hacía más fuerte en los momentos en que me sentía rechazada, incomprendida, sola. Recuerdo vívidamente estar en el jardín de mis abuelos, sentada en la hierba, concentrándome en una flor, intentando moverla solo con la fuerza de mi mente. Mi hermano se reía, pero yo lo ignoraba. Estaba segura de que si seguía practicando, lo lograría. Sentía que esa conexión con algo más grande, con algo que me hacía diferente, era real.

Cuando vi la película de Matilda, fue como una confirmación de lo que ya sabía: que ese poder existía, que solo tenía que encontrar cómo manifestarlo. Tal vez, en el fondo, no era solo el superpoder lo que anhelaba. Quizás también buscaba una Miss Honey en mi vida, alguien que me viera, me entendiera y me adoptara con todo mi potencial. Curiosamente, muchas de mis profesoras cumplieron ese papel de alguna forma, haciéndome sentir especial, como si en verdad vieran algo en mí que el resto del mundo no alcanzaba a percibir.

Una nerd desde chica, leí todos los libros sobre poderes mentales y habilidades especiales que pude encontrar. Me esforcé de verdad. Traté de dominar algo que, ahora me doy cuenta, estaba en mí de una manera distinta a lo que imaginaba en aquel entonces.

Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que siempre tuve un superpoder, o tal vez tres.

El primero es la inteligencia, pero no la que te hace sacar buenas notas en los exámenes. Es un tipo de inteligencia más intuitiva, una especie de sexto sentido. Son corazonadas que me han protegido en tantas ocasiones, que me han guiado cuando no había una lógica clara a seguir. A veces pienso que ese poder es como tener un ángel de la guarda, que me susurra al oído, que me da pistas sobre por dónde ir o a quién evitar. Sea lo que sea, lo tengo claro: es mi intuición, y es un don que valoro profundamente.

El segundo superpoder es la resiliencia. Este sí que lo aprendí con el tiempo y, a diferencia de la intuición, requirió muchísima práctica. La resiliencia me ha permitido salir adelante, sobreponerme a los golpes de la vida, tanto grandes como pequeños. Me ha dado la capacidad de levantarme cada vez que caigo y seguir adelante, sin importar cuántas veces haya sido derribada. Es un superpoder que me ha permitido encontrar la felicidad en medio del caos, reconstruir lo que parecía destruido, y siempre avanzar.

El tercero, de manera irónica, tiene algo de ese poder que buscaba de niña: la telepatía. O, mejor dicho, la empatía. No sé si nací con ella o la fui desarrollando, pero hoy soy capaz de leer a las personas. No se trata solo de escuchar sus palabras; puedo ver sus gestos, sentir sus emociones, notar sus respiraciones, y saber exactamente lo que están pensando o lo que están sintiendo. A veces es como si pudiera comunicarme con ellos sin necesidad de hablar, solo a través de la energía que compartimos en el momento. Y aunque no sea la telepatía que imaginaba de niña, sé que es un don increíble, y a menudo me pregunto cómo he llegado a desarrollarlo.

Pasé toda mi vida buscando un superpoder, sin darme cuenta de que ya los tenía.

Hoy, me doy cuenta de que no necesito mover objetos con la mente ni leer los pensamientos de los demás para sentirme poderosa. Tengo tres superpoderes que me definen: mi intuición, mi resiliencia y mi empatía. Y por ello, me siento agradecida, porque estos dones no solo me han permitido sobrevivir, sino que me han enseñado a vivir plenamente.

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